Sábado, 03 de Enero de 2015
Viernes, 17 de Octubre de 2008

Cuerpo de danza, cuerpo de música

El vínculo música-danza ha sido de los más fructíferos, sin duda, pero no siempre el resultado ha dado calidad artística como en esta oportunidad. Cantidad no significa calidad, dicen, y con estas dos piezas corroboramos que la experiencia estética tiene que ver con el trabajo certero del artista y no con la repetición de fórmulas y probadas. Reiteramos: no es novedoso unir un músico con una bailarina en una pieza de danza. Sin embargo, cuando presenciamos estas dos obras de Soledad Pérez Tranmar, gozamos la comunión sorprendiéndonos y lamentando la luz de sala que nos invita a salir de ella.
Pérez Tranmar tiene la virtud de hacer bailar a dos hombres. No a cualquier par de hombres, sino a dos músicos: un flautista y un cantante increíbles. Sergio Catalán y Marcelo Villalba. Lo mejor: no nos parecen ridículos, sus cuerpos en escena tienen una presencia espacial y energética impecablemente justa. La coreógrafa ha sabido sacar de sus movimientos la plasticidad adecuada para sus objetivos dramatúrgicos. Ella misma no es un muestrario de pasos aprendidos en clases, a pesar de ser una excelente bailarina, formada en Alemania y en Argentina, sino que fusiona con maestría tensiones, deslizamientos, cualidades de movimiento ligadas, cortadas, latigadas; en una serie de sensaciones que más tienen que decir de subtextos que de linealidades sobre la relación mujer-hombre.
Ya son tus brazos, una obra estrenada este año en el Centro Cultural Ricardo Rojas, está creada a través de la composición musical de Catalán. Los dos se dedican a destruir las técnicas tradicionales de sus instrumentos: la flauta traversa y el cuerpo del ballet. Es impresionante cómo trabajan con la máxima tensión y la máxima sutileza, haciendo que nada parezca tosco y, sin embargo, terminan enredados en el piso con el instrumento de viento entre medio.
Por su lado, la hilarante obra Sin querer. Poema sonoro, en la que Villalba se luce interpretando fragmentos de Ur-Sonate de Kurt Schwitters, pone en juego un erotismo tan salvaje, que termina siendo patético y por eso no dejamos de reír con esos personajes animalescos, a la vez que absolutamente correctos, serios, orgullosos.
Además de una profesionalidad que otorga confianza en el escenario, el rasgo común pareciera ser el extrañamiento de la relación con el otro. Y esa mirada extraña, extravagante, se traduce en movimiento; no hace falta la explicación literaria, el texto aclaratorio. Sólo debemos entregarnos a la turbulenta unión de danza y música que proponen los tres artistas, junto a un diseño de iluminación acorde (sobre todo en un espacio pequeño que debe transformarse en dos lugares diferentes, a pesar de la fluidez de las dos obras que no incluye intermedio).

Publicado en: Críticas

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